La ética y las ciencias biológicas en Don Fernando Ortiz

ARTÍCULO DE REFLEXIÓN

La ética y las ciencias biológicas en Don Fernando Ortiz

The ethic and the biological sciences in Don Fernando Ortiz

Jorge Adalberto Núñez Hernández

Centro de Investigaciones y Servicios Ambientales ECOVIDA. KM 2½, carretera Luis Lazo, Pinar del Río. E. mail: asterion@ecovida.vega.inf.cu


RESUMEN

El sabio cubano Don Fernando Ortiz escribió en 1946 el reconocido libro «El engaño de las razas», que constituye una apología de la dignidad de la persona humana. Partiendo de los conocimientos que se tenían a mano en aquella época de la medicina, y la genética, y de su sólida formación humanista, desmonta todo el aparataje conceptual con que intentaban valerse los seudocientíficos de la época para intentar justificar la existencia de razas humanas, y la supuesta supremacía de unas sobre otras. El ilustre antropólogo y etnólogo marca un sólido precedente en ese libro, pero también en la manera que hizo ciencia en la totalidad de su fértil obra, que conserva toda su validez para los hombres y mujeres de ciencia en Cuba y en el mundo.

Palabras clave: Fernando Ortiz, ética, antropología, ciencias biológicas.


ABSTRACT

The wise man Don Fernando Ortíz wrote on 1946 the known book «»El engaño de las razas» («The trick of races»), which constitute an apology of the human being dignity. Starting from the knowledge available on that period regarding medicine and genetic sciences and due to his solid humanistic formation, Don Fernando dismantled the entire conceptual framework that was used by pseudoscientists who pretended to justify the existence of human races, and the assumed supremacy of one race over the other. The enlighten anthropologist and ethnologist coined a solid precedent on that book, as well as on the way he made science on the totality of his fertile piece of work, that conserve all the value for men and women of science in Cuba and for all over the world.

Key words: Fernando Ortiz, ethical, anthropology, biological sciences.


 

INTRODUCCIÓN

A partir del siglo XX, principalmente en su segunda mitad, se alcanza un formidable desarrollo de las ciencias biológicas, el cual se vio favorecido con los avances en la tecnología, sobre todo en la informática y la cibernética, de tal manera que antes de terminar el siglo ya se llegó a conocer todo el mapa genético del ser humano. En 1978 se consiguió que una bacteria modificada fabricara insulina humana, que se comercializa a partir de 1982. Gracias a esto es posible obtener insulina en grandes cantidades y con bajos precios, además de ser más segura que la insulina que se usaba con anterioridad. Esto se ha conseguido también con otras proteínas humanas como hormona del crecimiento, factores de la coagulación, y la ingeniería genética ha expandido otras aplicaciones a diversas esferas de la actividad humana, como la agricultura o la minería.

No obstante, es un hecho que todo ese despliegue no va aparejado con la implementación de una legislación global que regule o controle los excesos o deformaciones que se producen durante el proceso, sobre todo a lo que concierne a la esfera de la salud humana. Y una de las causas es la inexistencia de nociones sólidas de carácter universal sobre el ser humano, es decir, una antropología que confiera el sustento teórico sobre el cual pueda basarse de manera inequívoca el cuerpo legal, de tal manera que se regule su uso.

Es una realidad que la ciencia no depende ni está sólo en las manos de los científicos. Existen grandes intereses financieros detrás de los avances de las ciencias. Por una parte, esto provee los recursos necesarios, pero también compromete los resultados y genera conflictos de muy difícil solución. Los conflictos que se generan en torno a la biotecnología aplicada a la medicina en la actualidad rebasa los límites de lo imaginable décadas atrás. Todo un desafío para la todavía joven bioética y para las instituciones legales nacionales e internacionales.

Un caso de particular relevancia fue el ocurrido en el juicio que llegó hasta el Tribunal de la Justicia Europea (TUE) sobre una patente registrada en 1997 por un ciudadano alemán, que involucraba el uso de células madre obtenidas a partir de embriones humanos. Greenpeace reclamó ante la justicia alemana la nulidad de esta patente en la medida en que se refiere a procedimientos que permiten obtener células progenitoras a partir de células madre de embriones humanos viables. El Tribunal Federal de Justicia alemán planteó una consulta ante el TUE, que falló a favor de Greenpeace, dando como resultado que ni las células madre embrionarias (es decir, obtenidas de embriones humanos), ni sus derivados pueden ser patentados, sin importar que se destinen a fines comerciales, investigativos o industriales. Las razones que se invocaron no fueron de orden tecnológico, sino moral, porque el proceso de obtención que se pretendió patentar implica la destrucción de óvulos humanos fecundados.

Otro caso paradigmático, donde se manifiestan abiertamente los intereses financieros y sus influencias en el terreno de la biotecnología, es el denominado Asociación Patológica Molecular versus Myriad Genetics (12- 398). El planteamiento de fondo radicaba en el hecho de que si la descodificación del material genético, particularmente en este caso referido a un gen que se relaciona con la predisposición a padecer cáncer de ovarios y de mama, otorga el derecho a patentar un producto biológico natural procedente de los humanos, como los genes.Myriad Genetics es una empresa líder en el diagnóstico molecular en EE UU y también la compañía que consiguió aislar en 1993 el ADN que contienen los genes BCRA-1 y BCRA-2, relacionados con un mayor riesgo hereditario a padecer cáncer de mama y de ovarios.

Otra de las áreas conflictivas es la de «diseño» de bebés, es decir, su concepción en base a la manipulación de sus genes para eliminar genes que causan enfermedades hereditarias. También para determinar si el embrión es compatible como donante para solucionar una patología en otra persona. Es decir, lo que algunos han denominado bebés-medicamento. Es el caso de Javier, el primer niño tratado genéticamente en España que nació en octubre de 2008 para curar a su hermano Andrés, enfermo de una anemia congénita. Todo esto también presupone toda una serie de conflictos éticos. ¿El niño fue deseado por su valor en sí mismo, o como medio para la curación de una enfermedad de su hermano? Por otra parte, la tecnología que se utiliza en estos casos es muy costosa ¿Sólo unos elegidos tienen derecho a acceder a tales privilegios? ¿Sólo los que tienen acceso a los recursos pueden escoger el «saneamiento genético»? ¿En qué lugar quedarían para un futuro los que tengan «defectos», frente a la supuesta superioridad de los «perfeccionados»? No sólo se habla ya de fines terapéuticos, sino de la posibilidad de escoger el sexo, o rasgos fenotípicos más especializados como el color de los ojos o del cabello. Se difumina la frontera entre engendrar un hijo o, desde cierto punto de vista, diseñarlo como un producto de mercado.

Tiene toda la validez para nuestros días la conocida máxima de Kant: «En toda la creación, cuanto se quiera sobre lo cual se tenga poder, puede emplearse también como mero medio; solamente el hombre, y con él toda criatura racional, es fin en sí mismo»(1). La persona humana nunca deberá ser utilizada, ni siquiera cuando se invoca un supuesto bien mayor, lo cual obviaron convenientemente los médicos que hacían experimentos con los judíos en los campos de concentración, con el pretexto de avanzar en las ciencias médicas y poder salvar vidas en el futuro. En otro contexto, más complejo como el actual, también se corre el riesgo de convertir a la persona humana en medio.

Estos son sólo algunos ejemplos de la complejidad que alcanza la genética aplicada a la medicina en la actualidad, pero todo indica que de cara al futuro, la zona de convergencia de los avances de la ciencia y la bioética que intenta regularlos y evitar los excesos se torne más conflictiva, por todos los intereses que se enfrentan. Frente a estas realidades ¿Qué pudiera aportarnos el legado de Fernando Ortiz? Un análisis de tales aspectos se expone reflexivamente en este artículo como contribución a una valoración de aspectos significantes de tal legado.

 

DESARROLLO

Cuando Fernando Ortiz escribió «El engaño de las razas» todavía no se conocía la estructura helicoidal del ADN, mucho menos su composición. Los complejos mecanismos de replicación y transcripción se descubrieron mucho después, así como la caracterización y funcionamiento de las enzimas. Es fundamental resaltar que, sin importar el grado de desarrollo de la Biología y de las ciencias afines, cuando se parte de nociones sólidas sobre el papel, el objetivo, los límites y alcance de las ciencias experimentales por un lado, y con una sólida formación humanista de base por otro, es posible interpretar de manera correcta los datos que aporta lo puramente empírico sin caer en el reduccionismo biológico, en el que con tanta frecuencia y facilidad se incurre.

El gran valor de la obra de Ortiz, la riqueza intemporal de su legado, estriba en las concepciones profundamente humanistas que determinaron la manera en que hizo e interpretó la ciencia. Las ciencias experimentales en general, y la Biología en particular, no constituyen en sí mismas fuente de valores ni de una moral que las regule. Las ciencias empíricas, desde su propio desenvolvimiento no generan preguntas de orden axiológico. No se cuestiona si es moral o no seleccionar un embrión humano en base a ciertos caracteres, sino si es posible o no lograrlo a partir de la tecnología disponible. La naturaleza de las investigaciones sólo enfrenta límites y desafíos tecnológicos o gnoseológicos que siempre intentará superar. La ética que regula tales procedimientos tiene que venir, forzosamente, desde «afuera», desde otra disciplina del conocimiento superior y general, como la Filosofía o la Antropología. La Filosofía tiene que recuperar su papel como ciencia superior o rectora, de tal modo que impida las deformaciones o errores en los que pudieran incurrir las demás ciencias.

Lo que está en juego es definir qué es lo que nos hace humanos, si hay algo que nos distingue esencialmente del resto de los seres biológicos - una disciplina como la Antropología filosófica ha intentado adentrarse y buscar respuestas en este sentido, desde la convergencia que aportan sobre el ser humano las diferentes ciencias-, y que pudiera evitar que se nos codifique y se nos trate en el laboratorio de la misma manera que a una bacteria o a un ratón, que haga comprender que el mejoramiento humano, tal como lo pensó José Martí, apunta en otra dirección completamente diferente, en el orden de los valores humanos, no es cuestión puramente biológica, como la obtención de mejores razas de caballos. En esa diferencia radica nuestra dignidad, y desde esta visión se erige toda la obra del ilustre antropólogo cubano.

En el caso de nuestro país, somos herederos de una rica tradición humanística, que ha marcado todas las etapas de nuestra historia fundacional, desde la impronta del padre Félix Varela en el Seminario de San Carlos, con una notable cumbre en el caso de José Martí, quien expresara de manera contundente un bello deseo para la República que ansiaba construir con el concurso de todos los cubanos: «…yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre». (2)

El sabio cubano es un digno exponente de la herencia humanista nacional y universal. Martí, con su profundo conocimiento de la naturaleza humana pudo decir: «No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima o historia en que viva.»(3) La aguda observación intuitiva de José Martí, podría ser afirmada y demostrada medio siglo después en el terreno de las ciencias empíricas.

Fernando Ortiz logra poner su sólida preparación al servicio de los ideales más nobles. Desde las diversas vertientes que confluyeron a su formación, estuvo en posición de comprender con claridad meridiana el alcance social de los prejuicios raciales y la necesidad de defender a ultranza la dignidad de la persona humana. El gran antropólogo y etnólogo poseía una vasta formación en humanidades, favorecida con su carrera en Derecho, los viajes y períodos en que vivió en otros países, y también con su labor diplomática, que le permitió relacionarse y dialogar con artistas e intelectuales de reconocido prestigio, como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Wilfredo Lam, Nicolás Guillén, así como comprometerse con los conflictos y dificultades propias de la realidad cubana y universal.Esta formación dio abundantes frutos en sus estudios sobre las raíces de la cultura cubana, el aporte de las culturas de origen africano en la forja de nuestra nación y su copiosa bibliografía sobre temas etnológicos, historia y música.

Consciente de la importancia y alcance del aporte de las ciencias en su impacto social, le concedió una gran relevancia a la labor divulgativa, a romper las barrera física del aula universitaria, colocar los conocimientos científicos a disponibilidad de la sociedad, no sólo a nivel académico en su labor docente, sino que le llevó a utilizar medios como la prensa escrita o las conferencias en lugares públicos. Comprendió la importancia de acercar la reflexión sobre las ciencias al terreno social, pues entendió las consecuencias culturales de la ciencias biológicas, y la necesidad de formar a la opinión pública de su tiempo con un espíritu crítico y activo, intentando salvar un abismo que en la actualidad es sujeto de polémicas, entre las ciencias positivas y las humanísticas, las llamadas «dos culturas», el cual puede ser resuelto, en última instancia, a nivel de la persona humana, como fue sin dudas en su caso particular.

Cuando se ha intentado utilizar a la ciencia para justificar prejuicios raciales, se ha desconocido el objeto de las ciencias experimentales, y se realiza una distorsión de su naturaleza propia, lo cual demostró sobradamente el antropólogo cubano. De un dato de índole puramente experimental, como las características fenotípicas, no puede inferirse una realidad de orden ontológico, como puede ser la superioridad de unos grupos humanos sobre otros. «¿Está hoy justificada una jerarquía biológica de las razas? No. Ante todo, recordemos que los hombres de ciencia no aceptan hoy como realmente raciales los caracteres que se presuponen como típicos de las razas (…) ¿Cómo puede llegarse a una jerarquía de las razas, si la existencia de las mismas razas ha sido puesta en duda o negada rotundamente? Si no hay certeza de la clasificación de los hombre en sendas razas, menos la habrá, puede asegurarse a priori, en la clasificación gradual de las razas entre sí» (4) Intentar obtener una consecuencia de carácter filosófico sobre la condición humana desde una realidad empírica es una distorsión epistemológica, pues las ciencias biológicas tienen como objeto la realidad biológica, la comprensión de la fisiología, los mecanismos moleculares. No pertenece a la esfera cognitiva de las ciencias biológicas, que aborda el conocimiento de una sola dimensión de lo humano la biológica-, alcanzar resultados de tipo filosófico.

No obstante, Don Fernando Ortiz estuvo perfectamente consciente de que la ciencia sí puede ser utilizada para demostrar que no existen evidencias desde la Biología para justificar prejuicios raciales. A partir de todas las revisiones de la bibliografía más actualizada y autorizada de su tiempo, de los análisis y reflexiones realizadas a lo largo del libro, pudo concluir: «Poco a poco se irán esfumando los racismos y menguará su veneno; pero mientras se use el vocablo raza, que siempre llevará consigo su congénita implicación de animalidad y fatalismo hereditario, toda aplicación de aquél a los grupos sociales será nociva y desventurada, cuando no pérfida. (…) La voz raza comenzó a ser aplicada a los seres humanos para su ultraje y sigue siendo contra ellos blasfema» (5) La ciencia puede ser utilizada para desmentir los mitos de superioridad racial, como hizo de manera eficaz Ortiz en su tiempo.

En efecto, Hitler más de una década atrás había escrito Mein Kampf (Mi lucha), un libro lamentable, sin ningún valor literario, una concatenación de errores y manipulaciones en la interpretación de la historia de los pueblos desde el antisemitismo más radical y absoluto, junto con el culto irracional, exacerbado y casi religioso a la nación, pero que echaba mano al concepto de raza como si fuera algo completamente demostrado, y que tristemente tuvo una gran influencia y alcance en su tiempo, sobre todo por la maquinaria propagandística nazi. Las ideas expresadas en sus páginas están en el trasfondo mismo de la Segunda Guerra Mundial, y aunque parezca sorprendente después de todo el tiempo transcurrido, encontraron eco en la vieja y culta Europa. El racismo no era para Hitler algo agregado, resultaba fundamental para la totalidad de sus concepciones. Todo cuanto hizo tuvo de sustento la errónea idea de la superioridad de la raza aria.

Fernando Ortiz estuvo muy pendiente del desarrollo de la genética y la medicina en su tiempo, de las investigaciones más avanzadas, con todas las posibles implicaciones en el terreno cultural e histórico, y supo asumirlas e interpretarlas con agudeza a partir de la amplitud y profundidad de sus concepciones humanistas. Le tocó vivir una época en la que estas ciencias se intentaron usar contra la humanidad misma desde la génesis de la Segunda Guerra Mundial. En «El engaño de las razas» analiza y desarticula los resultados de supuestas investigaciones de científicos racistas de su tiempo, en las que a su vez se basaban los políticos para justificar sus desmanes, utilizando la metodología propia de la ciencia, con el rigor característico de quien domina el bagaje cognitivo más actualizado de su tiempo.

Tanto las circunstancias que enfrentó el tercer descubridor de Cuba, como los conflictos más actuales son el resultado de un divorcio entre las humanidades y las ciencias empíricas, que hunde sus raíces en una etapa tan lejana como el Renacimiento. El siglo XVI marcó la separación entre la teología y la filosofía, pero también entre ésta y las ciencias experimentales. Fernando Ortiz es un ejemplo de armonía y diálogo de los conocimientos científicos con las disciplinas humanistas y las más variadas manifestaciones de la cultura. La complejidad que alcanza el mundo contemporáneo exige la reunificación de diferentes formas del conocimiento que han sido separadas más por cuestiones históricas que por su propia naturaleza.

 

CONCLUSIÓN

Don Fernando Ortiz puede ser considerado como un precursor y referente obligado de la bioética en Cuba por la manera en que defendió la dignidad de la persona humana; del análisis de su obra se refuerza el valor de la labor investigativa que exige con mayor urgencia nociones antropológicas sólidas y profundas. El trabajo con la dimensión biológica del ser humano a nivel de laboratorio tiene el riesgo de reducir la totalidad de la persona humana al dato biológico, y la gran complejidad de las circunstancias actuales demandan una mayor interconexión de todas las ramas del conocimiento en torno a la cuestión antropológica.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Kant, Immanuel. 2009. Crítica de la razón práctica. Alianza Editorial, S.A. Colección: El libro de bolsillo. Versión digital. p. 77
  • Martí, José. 1975. Obras completas. t. 4, p.270
  • Ibídem. t. 8, p. 290
  • Ortiz, Fernando. 1975. El engaño de las razas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, p 339
  • Ibídem, p 395- 396

 


Recibido: 16 de octubre de 2013.
Aceptado: 20 de diciembre de 2013.

Jorge Adalberto Núñez Hernández. Centro de Investigaciones y Servicios Ambientales ECOVIDA. KM 2½, carretera Luis Lazo, Pinar del Río. E. mail: asterion@ecovida.vega.inf.cu

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